Cuando me enteré quise morir. En pocos momentos en mi vida he deseado la muerte tanto como en ese. Era un deseo irracional pero sentir tanto dolor me había dejado sin capacidad de pensar y la muerte era la única alternativa viable que se me ocurría para acabar con tanto sufrimiento.
Jamás imagine que tu partida iba a doler tanto, a sentirse tanto, a provocar un vacío tan atroz dentro de mí que a veces me recuerda que no estás y llena mi corazón de tristeza.
Te veo en tantas cosas....veo un órgano y me acuerdo de ti porque mi madre dice que eras un genio tocándolo... veo el alfabeto griego y recuerdo esa clase que me diste una tarde de verano cuando viniste a vernos y me regalaste los diccionarios de latín y griego cuando te enteraste de que iba a hacer el bachillerato de humanidades. Estabas tan feliz por mi decisión... y querías ayudarme en todo lo posible. Y además un manual de morfología griega, otro de morfología latina y un tratado de filosofía. Que están bien guardaditos y que a veces consulto.
Cuando tomo sopa recuerdo que siempre le echabas un poquito de vino para tomarla.
Pocas personas ha habido, hay y habrá tan generosas, entrañables, de tan buenos sentimientos y tan polivalentes y sabias como tú.
Espero que el amor que te seguimos teniendo te acompañe allá donde estés.
En mi interior, me sentía saturada de él.
En realidad era por dentro y por fuera, algo tan placentero como cruelmente agonioso y torturante, todo mi cuerpo olía a él, el viento jugaba con mi cuerpo arrastrándome, empujándome al igual que él lo había hecho antes. Su fragancia estaba en cada centímetro de mi piel, de mi cabello…
Podía sentir en mi intimidad la sensación del sexo reciente, a pesar de que hacía sólo unas cuantas horas que había estado con él era como si lo reclamara, como si sintiera un vacío urgente que llenar, no paraba de lubricar y lubricar. Me venían constantes recuerdos a la cabeza: su cuerpo apretándome contra la pared y sus brazos dominándome de esa manera que me volvía loca. Su boca apresando la mía y diciendo justo lo que tenía que decir para que me derritiera de deseo y me entregara a él, con toda mi pasión y desnudez.
La sensación de quitarme de encima todo aquello que me recordara a él era igual de insoportable que la de quedarme con su aroma pegado a mí, adherido a todo mi cuerpo. Mis ojos no podían parar de llorar, resultaba desquiciante, irritante, apabullante, angustioso, horroroso. Todo ello era una mezcla que me hacía perder la cordura, todo él era pérdida de cordura para mi dañada mente.
Lo deseaba y a la vez lo detestaba tanto en ese momento que quería torturarlo y a la vez follármelo hasta que perdiera el conocimiento, quería enjaular mi aroma dentro de su nariz para que se extasiara de él, se embriagara, le volviera loco y le abandonara, y después se torturara con la sensación de desear y no poder, como yo me siento ahora que escribo en pasado a pesar de que todo esto ha sucedido hoy por la mañana.
Una tras otra siento las puñaladas del mejor y más exquisito placer, que no por ello dejan de ser puñaladas y por ello duelen hasta perder la razón y enloquecer. Incluso el olor a nicotina de sus cigarros de liar está adherido a los dedos de mis manos… no lo puedo soportar. Que esté conmigo, o que se vaya para siempre desaparecer, porque no podré soportar de nuevo esta desquiciante sensación otra vez. Angustia, deseo, angustia, deseo… agonía en el vacío del centro de mi cuerpo, en mis ojos húmedos que no paran de llorar, y en el corazón que late lento pero fuerte dentro de mi pecho…
El momento se acercaba, se olía en el
ambiente. Aspiré el aire mientras veía con una sonrisa cruel cómo se calcinaban
lentamente sus cuerpos arrojados uno a uno en la enorme hoguera que serviría de
ofrenda al Dios. Observé que mi compañero y ayudante se dirigía hacia mí
limpiándose las manos con una toalla, el cuerpo desnudo de cintura para arriba
chorreante de sudor, un brillo de maldad y satisfacción en sus ojos. Verlo así
me excitó terriblemente, notaba las punzadas del deseo acudir a mi entrepierna
con rapidez, pero me serené y le miré con determinación.
-¿Has acabado con todos ya? ¿Todos estos
infieles han sido sacrificados y ofrecidos al Martillo?-le pregunté, mientras
mis ojos barrían la playa y observaban que el sol, rojo como un rubí se hundía
lentamente en el horizonte y hacía caso omiso de los alaridos de dolor
procedentes de la hoguera mientras aquella veintena de personas ardía
lentamente.
-Sí, esos idiotas pronto no serán más que
un montón de cenizas… y tú y yo…-me dijo, acercándose peligrosamente.-Habremos
cumplido más que sobradamente con el Martillo y podremos…-Noté como su poderosa
mano me rodeaba la cintura y me apretaba contra su cuerpo.-Entregarnos a otros
placeres-susurró, mientras buscaba apresuradamente mis pechos dentro de la
túnica. Tomó uno y lo apretó. Inevitablemente gemí, porque nada me apetecía
más. Pero aún faltaba una cosa más para completar nuestra misión.
-Espera-le dije, separándome de él
haciendo un gran esfuerzo.-Tiene que ser consciente de que lo estamos haciendo
bien.- Miré en dirección a la hoguera poniendo los ojos en blanco mientras
notaba que los últimos gritos de dolor se extinguían…era una melodía de placer
para mis oídos el escuchar cómo aquellos indignos ardían en el fuego purificador.
Noté como mi cuerpo se cargaba de energía. Alcé los brazos notando como el
poder del fuego me inundaba. Y la hoguera creció, adoptando unos tonos de color
violeta.
Miré mi trabajo con satisfacción.
-Ahora sabrá que esta hoguera es la suya…
Apenas había terminado de decir eso
cuando noté sus manos rodeándome por detrás y su aliento cálido en mi cuello
poniéndome la carne de gallina.Con un
gran esfuerzo me escapé de su abrazo y dándome la vuelta lo encaré, agarrando
su pelo. Sus ojos me miraban con el mismo deseo que me ardía en el fondo de las
entrañas.
-Y ahora… nos toca a nosotros.-Susurré,
introduciendo mi lengua en su oreja.
Su boca empezó a murmurar obscenidades
que sabía que me volvían loca y ahí el escaso control que tenía de mí misma se
desvaneció al mismo tiempo que mi túnica desaparecía arrancada de mi cuerpo, y
dimos rienda suelta a nuestra propia hoguera de deseo sobre la arena, al lado
de la hoguera crepuscular.
martes, 30 de junio de 2015
Es un lujo que existan personas con las que se pueda disfrutar del silencio, simple y llanamente. Porque cuando estás bien, cuando te sientes bien, tranquila, a salvo, sobran las palabras.
Solamente... Silencio.
sábado, 20 de junio de 2015
Los cactus playeros molan. Un día maravilloso. Un día que simplemente por SER merecía una entrada en mi blog. Porque definitivamente ha sido. Gracias.
Cogí mi hacha que estaba colgada de la pared. Estaba fuera de mí y había llegado el turno de tomarme la justicia por mi mano. Ya no aguantaba más. Teñí mi cara con tizones negros. Afilé bien mi arma de guerra. Me calcé las botas. Y antes de salir para enfrentarme de la manera más cruenta posible con todo aquello que me tenía mal y a punto de reventar, me miré para ver si el aspecto que ofrecía era tan temible como me sentía por dentro.
Así pues, el espejo me devolvía mi mirada con una crueldad desconocida. ¿Qué le había pasado a ese rostro tranquilo y dulce? Ya no existía. La dulzura se había ido, y me devolvía la mirada una mujer que no reconocía. Sus ojos no eran cálidos, más al contrario daban la impresión de que podían asesinar sin ningún asomo de piedad, sin pensarlo siquiera. El espejo me devolvía una imagen que en realidad no existía. Que no era yo. Sentí un escalofrío incómodo, presa de una inseguridad momentánea.
¿Y si ese no era el camino correcto? ¿Y si era una decisión errada tomada con el calor del momento y que acarrearía unas consecuencias terribles? El frío reflejo tenía una sombra de duda en su rostro ahora, y justo al lado del reflejo, unos ojos. que antes no estaban ahí. Y la expresión de esa fría muchacha reflejó sorpresa. Era una mirada inteligente, pacífica, que conocía perfectamente. Escuchó una voz que resonaba en su cabeza. Era la voz del chamán.
«Pequeña Llama inflamada y colérica, ¿recuerdas el cuento de los dos lobos?»
Asentí, demasiado trastornada y avergonzada como para decir nada.
«Si en su día alimentaste con tanto amor y cariño al lobo blanco, al que está lleno de bondad, de esperanza, de humildad, de generosidad... ¿por qué dejas que ahora el lobo negro malo y cruel se apodere de ti en un momento de debilidad, llenándote de ira, de odio y de resentimiento? Mira todo lo bueno de tu vida pequeña. ¿Merece la pena estropearlo por un arrebato causado por circunstancias y personas que no merecen la pena? Al menos no obres a la ligera sin reflexionar.»
Alcé la cabeza. Y la voz desapareció de dentro de ella, y el reflejo de esos ojos sensatos e inteligentes se desvaneció. Solo estaba mi reflejo ante el espejo otra vez. La expresión fiera y despiadada ya no estaba y entonces volví a reconocerme. Y me sentí aliviada y un poco enfadada conmigo misma.
Me dirigí hacia el lugar donde dormía. Cogí la miniatura de madera de mi lobo blanco, aquel al que me prometí a mí misma alimentar siempre desde el día en que el chamán me contó la historia. Lo miré con cariño y lo coloqué en un lugar aún más visible, para no olvidar nunca lo que yo era.
Salí fuera de la tienda y observé el hermoso paisaje, tan lleno de vegetación. Vivir en un lugar así era un regalo. El viento soplaba ligeramente, y aspiré ese aire limpio y maravilloso. Observé que el hacha seguía colgada de mi cinto. Tiré de ella, la miré frunciendo el ceño y la enterré lejos de allí. Ya no la necesitaba. Y después fui hacia el río, y me limpié la cara, desvaneciendo de mí tanto los trazos negros como los últimos restos de ira. Mi reflejo me devolvió la imagen de una niña con la cara sucia que parecía que había estado jugando revolviéndose entre la tierra. Y entonces, me eché a reír, y la niña que había en mi interior rió con ella.
A veces olvidamos lo que somos, por eso es tan genial y necesario tener personas que nos lo recuerden.
Esta entrada ha nacido gracias a un ser puro, un arrebato de inspiración y un bonito cuento cherokee que leí hace tiempo y me ha venido a la cabeza.
¡Maldito seas! ¡Cuántas veces se supone que he de recordar esa triste historia que me desgarra el corazón! Ah… Lo llevo grabado a fuego dentro de mí y me quema terriblemente aún… mis hijos… mis niños… los hijos…del Sol…
Fue hace mucho tiempo, pero mi memoria aún lo recuerda a la perfección, como si hubiera ocurrido ayer y no hace muchas lunas. Eran…qué se yo, incontables. Hordas de asquerosos muertos, esqueletos, apestosos gordos con las entrañas colgantes, que no dejaban vida a su paso, eran como un reguero de destrucción que dejaban todo quemado, todo el precioso y verde territorio de Lunargenta fue asolado por donde pasaban, dejando esa zona que ahora se conoce como la Cicatriz Muerta, donde todavía pululan de vez en cuando bichos repugnantes. Yo trataba de alentar a mis tropas, todos luchaban con valentía pero aquellas aberraciones eran demasiadas…
Suerte que mi pericia para el combate igualaba las fuerzas, ¡modestia aparte, soy una excelente guerrera y mejor arquera aún! Parece que ese detalle no se le escapó a aquel que los comandaba… Cuando parecía que las cosas se nos ponían más favorables a nosotros, a los Hijos del Sol, lo vi, y en mi fuero interno no pude evitar estremecerme: enorme, increíblemente fuerte, rubio, con esa armadura que parecía impenetrable y esa espada de hielo que parecía capaz de atravesar a un hombre medianamente fornido por la mitad. Lo peor eran sus ojos: brillantes, azules, fríos como el hielo de su espada, que no conocían el significado de la piedad y no la habían sentido por nadie. Está claro que mi pueblo y yo no íbamos a ser una excepción para él… para Arthas, el ser más cruel y despiadado que podía existir. Avanzaba entre las filas, lentamente partiendo por la mitad sin apenas esfuerzo los delicados cuerpos de mis hermanos… mis hermanas… no eran rivales para él… eran un pasatiempo… Se acercaba cada vez más, era inevitable nuestro enfrentamiento.
¿Yo tendría alguna oportunidad? Lo que tenía claro es que de tener que morir no iba a hacerlo arrodillada pidiéndole clemencia… Así que le enfrenté mirándole a los ojos desafiante, pero antes de que me pudiera dar cuenta estaba siendo atravesada por su espada, experimenté un dolor inimaginable y luego desaparecí… Para volver a… reaparecer de algún modo. Experimenté dolor al sentir ese frio metal... y aun así no me dejo morir y ese inimaginable sufrimiemto no fue nada comparado con la ardua sesión de magia oscura a la que el desgraciado me tuvo sometida durante horas y horas. Claro, ¿cómo iba arriesgarse a perder mis habilidades en el campo de batalla? Yo era demasiado valiosa como para dejarme escapar, estaba claro. Pero para ello tenía que estar bajo su control porque de propia voluntad antes decidiría morir mil veces y entonces lo hizo, se atrevió… entonces me convirtió en una aberración, en una banshee, una marioneta a sus órdenes. Y me obligó a hacer las cosas más terribles.
Mucho tiempo después recuperé mi voluntad, volví a ser yo, encontré mi sitio, me convertí en la Reina de los Renegados y estoy muy orgullosa de esos fieles que me veneran y adoran pero aquello que pasé… que mataran a mi pueblo… que destrozaran mi tierra… todo lo que yo amaba… Eso jamás tendrá perdón… Jamás. No habrá castigo en todo Azeroth lo suficientemente grande como para que ese… se redima de semejante atrocidad. Nunca recuperaré lo que me arrebató, nunca volveré a casa… Asi pues me tumbaré sobre los argénteos anhelando… soñando con aquellos días de sol antes de que me arrebataran mi vida…