domingo, 10 de mayo de 2020

Mácula

Blanco. Hermoso, precioso lienzo de color blanco…

Se acercó, estudiándolo. Acarició la superficie, admirando su pureza.

Poco después manó una fuerte envidia de su interior.

“Por qué tan puro, qué estupidez”

Pero siguió mirándolo. Suspiró. Sintió vergüenza.

Y después, malvada lujuria dibujada en sus labios.

“Voy a mancillarlo” pensó.

Y eso hizo. Cogió un carbón, y dibujó trazos negros, y negros y más negros.

No le bastó. Le escupió, repetidas veces.

“Así mejor”

El lienzo lucía visiblemente deteriorado.

Sonrió para sí.

“Ya no eres tan puro”

Pero no le bastó, aún no. No lucía ningún desgarro, así que se regodeó arañando toda su superficie. Después, le arrancó algunas partes.Y entonces, una cruel sonrisa asomó a su rostro una vez finalizada su obra.

“Perfecto, ahora luces como yo”

Y tras esto, una risa demencial, una risa sin alegría, de pura burla.

Al cabo de unos meses volvió, para deleitarse contemplando la maldad de su obra...

Pero el cuadro había sido restaurado. Su rabia subía por su estómago, temblaba de furia, estaba a punto de echar espuma por la boca. ¿Cómo podía ser que su terrible obra de destrucción hubiera sido rehecha como si nada?


La miró frustrado un buen rato, sintiendo el súbito deseo de destruirla de nuevo. Y lo volvió a hacer. Una y otra vez, con el mismo resultado. No contento con ello, lo intentó con otros lienzos, en algunos fue más afortunado, pues a pesar de ser restaurados con un resultado casi brillante, debido a la insistencia con la que se empeñó por destrozarlos, por su calidad y pureza extremas, había huellas de lo que les había ocasionado. La marca de su mal, que nunca se borraría del todo y que le hacía formar una estúpida sonrisa de triunfo en su cada vez más desfigurada cara: el espejo de su alma.

Por desgracia, tarde comprendió que en realidad daba igual. Podría hacerlo una y otra vez, como había hecho, que volverían a recomponerse. Y fue al darse cuenta de ello cuando comprendió la terrible verdad: le daba tanta rabia contemplar esos lienzos porque eran lo que su alma jamás llegaría a ser, pues desgraciadamente, cuando creces en la oscuridad, te ciega hasta el más mínimo haz de luz. 

Tarde comprendería que su frustración se debía a que jamás conseguiría alcanzar semejante pureza. 

Precisamente, de ahí venía su afán destructivo por mancillarla, por  hacerla reflejar el oscuro estado de su alma, para que al menos pudiera sentirse bien al corromper algo inmaculado, blanco, libre de mácula. Para ver algo que fuera tan oscuro como él y así poder llenar, conseguir colmar el enorme vacío que sentía en el pecho. Para ganar.

Pero de nada servía, pues noche tras noche, se ahogaba en la misma agonía, era su castigo eterno: todo él era un agujero negro, que por más que absorbía, nunca quedaba satisfecho, y siempre culpaba de ello a todo lo que se atrevía a poseer la luz que nunca conseguiría ni aun proponiéndoselo.

sábado, 18 de abril de 2020

Recuerdo que una noche, salí poco después de ver caer el sol. Sin mucha esperanza me dirigí a la tienda más cercana. Sonreí con tristeza recordando aquellos días en los que era una imagen habitual ver las cajas de plástico llenas de frutas, verduras y hortalizas. Sólo quedaban encurtidos y patatas que se estaban echando a perder. Y quedaban muy pocas. ¿Huevos? Una fantasía, ya casi no había gallinas. La muchacha de la tienda estaba pálida, y ojerosa. Normal. Así estábamos todos ya. No sol, no luz. Criaturas nocturnas. Sin apenas comida… ¿En qué ruinosa forma de vida nos habíamos convertido? Le compré unos encurtidos. Y la muchacha empezó a llorar. Preocupada, intenté tranquilizarla, ella trató de sonreír y se secó las lágrimas. No era raro encontrarse así… La entendía perfectamente. -¿Cómo estás?-Le pregunté con amabilidad, mientras sacaba un pañuelo de papel y se lo ofrecía. -Bueno, bastante regular, pero intento llevarlo lo mejor posible. Aunque…-puso cara de extrañeza.-Me ha pasado algo muy raro, si es que podemos llamar a algo así en los tiempos que corren. -¿Qué ha pasado? La chica se dirigió hacia el mostrador de la tienda y me enseñó una olla de barro cocido con una especie de guiso extraño dentro. -Esta noche, al abrir la tienda, me he encontrado esto… Parecía como si alguien lo hubiera dejado ahí a propósito… No lo he probado, porque a saber, pero… ¿No te resulta extraño? Que con la que está cayendo que no hay prácticamente nada que comer, alguien deje un guiso caliente a la entrada de mi tienda… Es… Raro… La miré confusa y asentí con la cabeza. Me acerqué a la olla con recelo: a primera vista el guiso parecía lo más apetecible del mundo, sobre todo en aquella época en la que los víveres escaseaban. Notaba las tripas rugiéndome, se me hacía la boca agua al ver aquel estofado humeante, con sus verduritas, su carne, sus patatas… Pero sí, enefecto era demasiado extraño. Así que contuve las ganas de abalanzarme sobre el guiso con toda mi fuerza de voluntad, le dije a la muchacha que tuviera cuidado y salí de la tienda. Me dirigí a casa con los encurtidos, apretando el spray de defensa que tenía en el bolsillo con la mano: ya había tenido algún susto cuando empezó esta terrible epidemia y la verdades que no tenía ganas de más, así que más me valía estar mínimamente preparada. Justo cuando regresé, encendí la televisión para ver qué nuevas había.Bueno, a excepción de los saqueos habituales y demás, no parecía haber gran cosa de novedad. Ampliación del período de renta básica para aquellas profesiones que, si o si, debían de realizarse a la luz del sol… Aunque lo cierto es que cada vez había más teletrabajo y más o menos la gente se apañaba. Total, tampoco había apenas comida, así que tampoco es que se gastara mucho dinero aparte del alquiler, la luz, el gas… Lo básico. Inflé el pecho y me dispuse a cocinar con lo poco que quedaba. Había unos poquitos espaguetis, podía aderezarlos con aceite y ajo. Me puse a ello y vi que Miriam entró en la cocina. -Hola guapa-le dije, cariñosamente. Ella trató de devolverme la sonrisa. Pobrecilla. A pesar de que era una chica dura y había mostrado una resistencia inusitada a la situación tan precaria en la que nos encontrábamos, era una persona muy sociable y había sufrido bastante con esa situación. A consecuencia de esta terrible plaga que nos asolaba, todo se había complicado… Y hacía mucho que no veía a sus seres queridos. Cabizbaja, cogió una bolsa de tela. -¿Vas al super?-le pregunté, mientras laminaba los ajos. -Sí, bueno… A ver qué hay… y a tomar la luna un poco de paso-me dijo, con voz apagada. Me acerqué a ella y la abracé. La sentí sollozar y la apreté más. -Venga, pequeña… Ya verás como los científicos tarde o temprano encuentran la cura, ya lo verás-susurré, mientras le acariciaba el pelo. Ella suspiró y se separó de mí. -Seguro que sí. Voy a ver qué encuentro. -Gasta cuidado.-La previne.-Coge mi spray, lo dejé en la mesita de la entrada. Ella asintió y salió, cerrando la puerta con un suave ruido. Moví la cabeza y me concentré en la comida. Al cabo de un rato, cuando me encontraba a punto de escurrir los espaguetis, regresó, tremendamente excitada. -¡No sabes lo que me he encontrado!-exclamó entrando como un ciclón. Sus hermosos ojos azules brillaban más que nunca y una sonrisa iluminaba su rostro. -¡Dime!-la apremié, sonriendo, contagiada por esa repentina ola de felicidad. -¡Ven conmigo, no te lo vas a creer!-Dijo, cogiéndome de la mano.-Estaba justo delante de nuestro portal, suerte que nadie la ha visto hasta ahora… Mientras bajábamos por la escaleras, un mal presentimiento me vino de repente. -¿Ver qué Miriam? Abrió la puerta del portal y cogió algo poniéndomelo delante de las narices. -¡ESTO! Y un delicioso aroma me inundó de repente… Un aroma que procedía de la olla de barro que sostenía, en la cual había un guiso idéntico al que me habia enseñado la muchacha de la tienda. Tuve que sujetarme a la pared para que no me diera un patatús. ¡No puede ser! Continuará….

lunes, 6 de abril de 2020

Ha pasado casi un año. La cosa no ha mejorado en absoluto, sino que cada vez va a peor. No podemos salir: el sol está enfermando. No podemos recibir las vitaminas que provienen del astro rey, tan necesarias que han sido siempre, aunque sea unos minutitos al sol… Ya eso parece una utopía. Y pensar que al principio de la cuarentena envidiaba a los que tenían terraza o balcón, para poder tomar el sol… Ya todo eso se acabó. Se acabó a partir del momento en el que los científicos declararon la alarmante situación: lo recuerdo como si fuera ayer.

Iban a decretar el fin del estado de alarma. Habíamos comprado cerveza, patatas fritas, aceitunas, íbamos a preparar cada uno nuestro plato especial, íbamos a celebrar que por fin seríamos libres… De inmediato, cortaron la emisión de todos los programas. Comunicado urgente de la NASA. El sol está enfermo, el sol está enfermando. Se detecta una dolencia que puede llegar a ser mortal. Refúgiense en sus casas, no salgan, puede ser peligroso. ¿Qué? No puede ser. Nos mirábamos estupefactos. Alguien debía estar gastando una broma de mal gusto. No podía ser. Pero salía en la televisión: ciudadanos ávidos de sol y de disfrutar del aire por fin salían de sus casas, y de repente emitían gritos de pavor. Terribles ronchas de aspecto infeccioso en su cuerpo. Se desmayaban. Los rayos del sol ya no eran buenos. Los gobiernos de todos los países del mundo se pusieron a trabajar de inmediato: la situación era muy grave. ¿Cómo hacer frente a este nuevo y terrible bache que desencadenaría una nueva crisis mundial cuando por fin empezábamos a ver la luz al final del horrible túnel del coronavirus? Veíamos la luz al final del túnel… pero la luz del sol ya no era buena.

De repente, mientras nos mirábamos los unos a los otros anonadados ante aquellas impactantes noticias, uno de mis compañeros abrió completamente los ojos, hasta el punto que parecía que se le iban a salir de las órbitas, y empezó a temblar convulsivamente, como si tuviera un ataque epiléptico.

-¡JESÚS, JESÚS!-exclamé, mientras me abalanzaba sobre él e  intentaba sacarle la lengua de la boca para que no se la tragara.-¿Sabías si era epiléptico o algo así?-le pregunté a Miriam, mi otra compañera, que era la que más lo conocía y lo contemplaba todo en estado de shock, sin creer lo que estaba pasando. Repentinamente respondió:

-No lo sé, debe haberse quedado conmocionado al enterarse de esto…La verdad, no es para menos-murmuró.

Y en efecto, así fue. Cuando volvió en sí, quedó en estado catatónico. Y no volvió a hablar.

A partir de aquel momento los días pasaron, era como de pesadilla, de ver para no creer. Se estableció un nuevo orden mundial. Se decretaron nuevas medidas extraordinarias para controlar aquella extraña epidemia, que afortunadamente solo parecía provenir de la luz del sol, y no parecía ser contagiosa, al menos hasta donde sabíamos. Pero la exposición durante unos escasos minutos podía causar la muerte.

No se podía salir de día: las tiendas, los escasos negocios que había conseguido sobrevivir a raíz de la crisis sanitaria abrían al anochecer. Así pues,  las alimañas aprovechaban para cometer las peores maldades. Los saqueos se sucedían día sí, día también. Y lo que es más preocupante: la comida empezó a escasear a un nivel alarmante. Y los animales. Granjas que se quedaban vacías. Al principio desaparecían uno o dos. Pero con el paso del tiempo llegó a  ser más preocupante, lo cual suponía un problema bastante serio: empezaban a escasear los recursos básicos… Ni carne, ni leche, ni huevos. Cerdos, gallinas, vacas, ovejas, cabras. Todos empezaron a desaparecer. Y no dejaban ni un atisbo: era como si se los hubiera tragado la tierra. Así pues, los alimentos empezaron a escasear de manera preocupante, con lo que eso conllevaba: un gran encarecimiento. Con el tiempo, las cosechas también desaparecían. No recuerdo haber pasado más hambre que en esa época, pues teníamos que estirar lo que nos quedaba hasta la saciedad, dada la alarmante escasez. Fue terrible.


Continuará...

sábado, 28 de marzo de 2020

Tres

Cerró el portátil con los ojos llenos de lágrimas consciente de lo que se avecinaba, con la ansiedad golpeándola con fuerza, dejándola sin respiración. Pero con suerte, esta vez ya había terminado, ya sería la última, y realmente la peor, pero al menos tenía la certeza de que ya nunca más la molestaría, ya sí que se acabó. Así que trató de serenarse, tras gastar medio paquete de kleenex, pero con la tranquilidad del que sabe que esa será la última vez que lo pasará mal por algo. Entonces, tras respirar hondo, se preparó para lo que, en casos como aquel, era su ritual.

Tres. Siempre eran tres. Cerró los ojos, sentada en el borde de la cama. Primera: punzadas en su cabeza, como agujas que parecían querer atravesarle el cráneo. Podía sentir cómo sus ojos se nublaban. De inmediato, aparecía la segunda: pinchazo agudo en el corazón. Se llevó una mano al pecho, apretando, como si eso pudiera mitigar el dolor que estaba sufriendo. Tercera: tardaba más, mientras primera y segunda se difuminaban, la tercera era más constante: no le permitía cerrar los ojos. Daba igual cuanto leyera, como si se leía el diccionario, o el Quijote, nada conseguía cerrar sus párpados. Abiertos como persianas. Vidriosos, al cabo de unas horas, clavados en el techo. Comiendo techo otra noche. Tres. Tres dolencias.

Así pues, hacían falta tres remedios, cómo no.

Se levantó de la cama, estirando su cuerpo y como una autómata, se dirigió a la cómoda. Abrió el primer cajón, donde guardaba las medicinas. Ahí estaban sus remedios. Tres blíster, con diferentes tipos de pastillas. Sacó la primera: esa era para evitar que su recuerdo le pinchara en la cabeza hasta hacérsela trizas, pues tanto llorar y llorar acarreaba esa dolorosa consecuencia. Esa era la más grande. Segunda: más alargada, era para evitar que el corazón se acelerara tanto que pareciera que se le iba a salir del pecho, y que le doliera tanto en ese agonioso pinchazo. De hecho,a veces imaginaba que se le iba a desgranar en una agonía sin fin y finalmente iba a sangrar por los ojos, después de que no le quedaran las lágrimas, hasta finalmente quedarse seca. Como el episodio con la lanza de Longinos al revés. Tercera, redonda y pequeña: para conseguir dormir. y evitar que los monstruos tiraran de sus pestañas y pudiera cerrar los ojos al fin.

Y mientras las tenía a las tres en la palma de su mano y se dirigía de nuevo hacia la cama, murmuraba. rezando porque no se metiera en sus pesadillas, para que su recuerdo dejara de atormentarla, para que su presencia se marchara, para por fin alejara de su vida el lastre que desde que fue pequeña siempre la acompañó, siempre en su cabeza, oprimiéndola. Siempre en su pecho, ahogándola. Siempre en su subconsciente, desvelándola.

Se sentó, y escuchó cómo el somier emitía un leve crujido. Suspiró. Algún día habría que cambiar esa vieja cama. Pero no era lo más acuciante en ese momento. Observó en la palma de su mano las tres pastillas, sus tres formas diferentes. Ayudas para combatir contra los monstruos que la acechaban desde hace tiempo. Incluso cerrando los ojos los veia, pues estaban en todas partes. En su cabeza, torturándola sin cesar; metiéndose dentro de su piel, rondando alrededor de su cama, camuflándose con las oscuras sombras que se confundían al anochecer en la penumbra de su habitación.

Así, pues, se encontraba luchando contra ellos. Luchando con cobardía realmente, dejando que los procesos químicos liberados por las pastillas actuaran en su organismo librando la batalla que su propia voluntad y su delicada salud mental eran incapaces de mantener en ese terrible momento de su existencia.

Apesadumbrada, miró hacia la mesilla. Pasó el dedo índice por su superficie y una leve capa de polvo quedó adherida a él.Ya hacía falta ir pasándole un paño. Ahí estaba el vaso de agua de color azul, medio vacío. Sonrió con tristeza. "Así lo ve el pesimista, pero el pesimista es sólo un optimista  bien informado" pensó.

Introdujo las pastillas en su boca, y bebió agua del vaso. Las tragó y se acostó, y tras apagar la luz, una leve sonrisa asomó en sus resecos labios. Otro día, otra batalla perdida, pero al mismo tiempo ganada. Un dulce sopor empezó a invadirla, al tiempo que sus párpados al fin se cerraban. Su respiración se calmaba, los latidos de su corazón iban a ritmo normal, y los pinchazos que su cabeza sentía se retiraban cual batallón levantando sus lanzas, liberando a sus cautivos cercados, dejándolos marchar. Esos monstruos ya no la molestarían más.


sábado, 14 de marzo de 2020

Día 1 de aislamiento


No sabemos aún las medidas que decretará el gobierno para evitar el contagio de este cabrón de Coronavirusín, pero mejor empezar a armarse de paciencia.

De momento, al haber ido esta mañana a comprar al supermercado, hemos podido apreciar (aparte de que hay una alarmante demanda de papel higiénico( Y TAMPONES, QUE PARA QUÉ COÑO QUERRÁ LA GENTE TANTOS TAMPONES)... Menos mal que la salud anal aquí en nuestra keli no es nada preocupante de momento. Ah, y por supuesto que las legumbres están casi desaparecidas, y comprar un puto paquete de macarrones es una odisea, por no mencionar las ganas que te dan de zarandear a toda la puta gente que llena carros y carros sin cesar como si acabara de anunciarse el puto apocalipsis... En fin, supongo que es lo que nos toca. Eso... Y QUE ES DE PRIMERO DE APOCALIPSIS DARTE PUTA CUENTA DE QUE TIENES COMO KILO Y MEDIO DE LENTEJAS ANTES DE SALIR DE TU CASA, PEDAZO DE IDIOTA. Pero bueno, que al menos de eso ya sí que no falta. Nota mental: buscar recetas originales con lentejas.

Una caja de cartón ha sido latrocinada del contenedor como idea de mesa portátil para armar un señor puzzle  de 1500 piezas porque claro... Tanto aislamiento... Leer y ver pelis está bien pero hay que buscar otros entretenimientos para variar un poquillo. Pues bien, en el proceso de devolver los restos de la mencionada caja, se ha podido ver que Coronavirusín debe afectar también al civismo, porque un... subproducto social, echó el plástico en el azul y el vidrio en el amarillo, y cuando fue increpado sólo dijo "uh".

En fin, seguimos a la espera de las noticias del gobierno. De momento podemos decir que Coronavirus 1, semana santa 0...

lunes, 3 de febrero de 2020

Dejar de ser lo que fuiste para alguien siempre es algo dificil de gestionar.

También lo es intentar que no te afecte pero no poder evitarlo. Y vienen los sentimientos encontrados. Saber que aún así hay que tirar palante. La vida es dura, pero más duro es saber que lo que fue ya no está. Me pesa. Me callo. Pero me pesa. Me pesa terriblemente en el estómago, me pesa en las lágrimas que derramo porque no puedo evitarlo, me pesa en el latido continuado del corazón que a pesar de su estado intenta serenarse. En la cabeza que no para de inquietarse pero trata de calmarse para no perder la cordura. Cordura para NO MOLESTAR, CORDURA PARA NO DECIR NADA DE LO QUE ME ARREPIENTA.

Reprimo una sonrisa irónica. Cordura. Nunca ha habido cordura en esto. Sólo el atropellado fluir de mis más apasionados sentimientos. Qué bonito. Qué tristeza.

Me siento como si estuviera tirando constantemente de un hilo que muestra resistencia. Como si estuviera abrazando a un muñeco de nieve que debo soltar porque si no me congela.

Pero miradlo, cómo no intentarlo, cómo... Cómo tantas cosas. Es igual.

Lo que sea será. Pero hoy,  esta mañana, así es.

Pasará el día, me repondré. Pasará el tiempo, me curaré. Pero pase lo que pase, nunca te olvidaré.

E inevitablemente, aquí estaré.

Pero ahora, es mejor que fluya en el pantano de la tristeza, que me ahogue  en él lentamente. Ya saldré.

Inúndame.




martes, 21 de enero de 2020


Lo hueles, lo sientes, te acercas.

Oh, depredador, oh salvaje potencia animal.

Tú,y yo, no me hace falta nada más.

Siento tus ojos clavados en mí, incluso a través de las llamas.  Tu mirada me devora con su intencionalidad, y me hace arder por dentro... Y eso que ya sentia calor al estar junto a la hoguera. Contempló el fuego y sonrío. Podría abrasarme si me acerco lo suficiente, pero ese no es el fuego en el quiero arder esta noche.

Sigues mirándome, prolongas mi deseo, hasta que mis ganas se vuelven insoportables. Mi boca se llena de saliva, me muerdo el labio. Las palpitaciones hace rato que descendieron y la humedad  empieza a ser tan abundante que hasta llega a avergonzarme. Pero no me besas. No te acercas. Te quedas al otro lado, recreándote en mis expresiones, aspirando, oliendo. Maldita sea, cabrón pervertido. Sabes bien que la espera es el mejor aliento para el placer, pero te estás retrasando demasiado. Me da igual, hoy vas a ser mío sí o sí. Mi deseo te va a buscar.

Me levanto bruscamente, bordeo la hoguera que nos separa, y me siento a horcajadas sobre tu regazo. Lo primero que veo antes de abalanzarme sobre tu boca es una ligera sonrisa de triunfo. Sí, has ganado, eres irresistible para mí, férrea voluntad... No sé como has resistido aún el impulso de tomarme. Te beso con fuerza, entreabro tus labios con mi lengua y tu voluntad aguanta hasta que nuestras lenguas se juntan y nuestras salivas se mezclan. Mmmm. Que delicioso es ver cómo te enloqueces. Masculla, gruñe, sexy animal.

Me agarras con fuerza apretándome contra tu cuerpo. Sonrío entre besos apasionados al notar el bulto casi a punto de estallar contra la tela. Sí, joder. Más humedad en mi entrepierna. Maldito calor... Hago amago de desprenderme de la ropa, pero tus manos ya se están encargando de ello... Y de qué manera. Sin dejar de mirarme a los ojos, veo mi vestido poco a poco siendo arrancado mientras tu lengua recorre todo trozo de piel que aparece. Gimo al sentirla en mis pechos, en mis pezones, descendiendo por mi ombligo... JO-DER. Te detienes en mis bragas. Tu mirada desde mi entrepierna besando la tela sin llegar a la insoportable humedad. Mi mirada dura, de  HAZLO YA. No te haces de rogar, afortunadamente muestras algo de compasión al ver mi mirada implorante y al acariciar la empapada tela que cubre mi entrepierna. RASH. Fuera la puta tela, menos mal. Antes de hacer lo que quiero, me permites recrearme con tu gloriosa desnudez quitando las prendas que te cubren. Oh, qué gusto, oh, qué placer, simplemente con ver. Al instante tu boca en mi entrepierna. Me dejo caer hacia atrás, te siento saborear, deliciosa sensación. Tus dedos indagan por mi más sucia intimidad hasta hacerme gritar mientras tu lengua trabaja maravillosamente en mis íntimos rincones. Me conoces, sabes, entiendes. Y eso me vuelve loca, y lo sabes bien. Exploto en tu boca y miras hacia arriba. Me ves recuperar el aliento y sonries. Pero no me vas a dar mucho tiempo. Y yo a ti tampoco. Chupo tus dedos con ansia mientras te miro a los ojos. Te muerdes el labio. Sí, dámelo ya.

Saborear, lamer de arribabajo, con deleite, llenar mi boca de ti hasta saciarme, pero no hasta el final. Aún no es momento de derramarse... Me pongo bocabajo y arqueo mi cuerpo. Lista para ti, dispuesta como siempre, lo sabes.

Enérgicas palmadas, saliva sobre la humedad que no deja de manar. Contigo es imposible que eso pare. Sonríes. Eso es que es inevitable. Agarro tu mano con fuerza. Se acabó la delicadeza. Te colocas detrás de mí embistiéndome con fuerza mientras me agarras del pelo. Sí. Suspiro al tiempo que te mueves. Rápido al principio, luego más lentamente, un ritmo constante. Gírame, quiero verte, quiero tocarte, quiero mirar esos ojos y ver tu excitada expresión. Báñame de saliva, de sudor. Seamos uno entre efluvios. Sí. Más rápido, jadeos más seguidos, cierras los ojos. Grita, haz ruido, cambia tu expresión, ojos que se entornan. OH, POR FAVOR. Te miro, aún no, por favor, aún no. Mi mano se desliza rápidamente hasta el centro de mi cuerpo. Un rubor en mis mejillas al rozar tanta dureza. Sonríes, me miras. No te preocupes, yo tampoco puedo más. Me escuchas, inevitable, más cerca, joder, sí, joder, joder, joder... Placer infinito, pálpito, delicioso pecado que se derrama. Ven conmigo, quédate sobre mí. Otro momento en mi memoria para agradecer mi existencia, otra fantasía.

...Y así, sumida en tales pensamientos a veces me derrumbo sobre la cama. Feliz, excitada, sonrojada, relajada.




No, no tiene por qué ser peor lo que se imagina que lo que sucede en realidad. Más al contrario, a veces puede ser mil veces mejor. Lo que hay ahí fuera no le llega ni a los talones a lo que sucede en nuestras cabezas. Y  a veces..."cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia".