Y así es la vida... A veces sí, a veces no, y a veces no se puede.
¿Y cuántas veces habrás querido decirle lo que sientes?
Miles, pero y eso qué. O no lo entendería, o se reiría de ti, o como no es tonto ya se lo huele, o puede que incluso pensara que le tomas el pelo. Y claro, pues qué pensar, qué decir. Mejor callarse, y morderse la lengua. Mejor tenerla hinchada de tanto mordérsela a hacer sentir mal a otra persona que vale infinitamente más y para la que tú eres... Perdón, ¿Pero existes para él? Qué va, lo dudo siquiera.
Siempre, en las veces que no lo evitas, te miras al espejo, resoplas, te consideras poca cosa en general pues imagina cuando consideras a una persona como lo más grande, lo más especial... Si es así, tú siempre te verás poco para él.
No, no te lo mereces. Sigue soñando, pequeña e imperfecta personita, que para él seguirás siendo invisible.
A veces los mayores tesoros están almacenados dentro de los cofres más toscos y feos... Pero claro, si lo de fuera no te llama la atención... No te molestarás en abrir la tapa. Y por desgracia suele ser así.
Estaban en el patio empedrado lleno de la plantas de la vieja casa del pueblo. El abuelo, un hombre fuerte y sonriente que pese a su edad y dolencias conservaba buena parte de su fuerza y su vigor, preparaba la lechuga para la ensalada separando las hojas y metiéndolas en agua para que se limpiaran mientras una de sus nietas más pequeñas, una niñita de pelo rizado de unos cuatro años le observaba fascinada, con las manitas cruzadas detrás de la espalda y los ojos muy abiertos.
El buen hombre echó la última hoja en el recipiente con agua y la miró sonriente.
-A ver, ¿y qué hacemos ahora que tenemos la lechuga en el agua?
-No lo sé abuelito.-Respondió la niña con sinceridad.
El anciano cogió una botella de plástico llena de vinagre y le echó un buen chorro al barreño de agua donde reposaba el vegetal.
-¿Por qué le echas vinagre?-le preguntó la niña.
-Para matar a los bichitos que pueda haber. Así salen de la lechuga, no nos los comemos y no nos ponemos malitos.
-Aaaaah-dijo la niña asintiendo con la cabeza.
-¡A comeeer!-dijo la abuela, saliendo de la cocina que comunicaba al patio con el cucharón en la mano.-La crema de verdura está lista abuelo, y te la tienes que comer ya.
-La lechuga también está limpia y lista para la ensalada.-Respondió él.
-Sí, ya le hemos quitado los bichitos para que no nos pongamos malitos.-Añadió la niña con una gran sonrisa repitiendo lo que su abuelo le había dicho
-¿Qué?-preguntó la mujer sin entender de todo.
El abuelo rió sonoramente.
-Venga, vamos a entrar o la crema se enfriará y fría no está buena.
-¡Sí!-exclamó la niña, yendo corriendo a sentarse en la mesa, observando que la abuela había tenido buen cuidado de poner donde se sentaba a comer un plato con un poco de la crema de verduras que comía el abuelo y que a la pequeña le encantaba.
El abuelo no pudo hacer otra cosa que volver a reír al sentarse y ver que su nieta ya estaba empezando a tomar cuenta de la crema con la cuchara, le hacía mucha gracia porque a ninguno de sus otros nietos les gustaba mucho la verdura, pero ella siempre le pedía a la abuela que le pusiera un poquito de ese preparado que tenía que tomar. A él no le gustaba porque prácticamente lo tomaba por prescripción médica, pero le animaba que esa renacuaja de pelo rizado le acompañara en eso.
Así pues, mientras el resto de la familia iba a sentarse y la comida se terminaba de servir, ellos se miraron con complicidad y siguieron degustando la crema.
Tu recuerdo es como una astilla que se clava en mi corazón cada vez que las emociones más intensas, tanto el amor más profundo como el odio más negro, vienen a mí cuando pienso en ti.
Oh, querido y a la vez odiado, te mataría... Pero después te resucitaría. Y así muchas veces, no me cansaría, créeme. Pues no sería nada más que una tortura acorde a todo el tormento que me has hecho pasar sin darte cuenta siquiera.
Bésame, no pares, soy adicta a tus besos. Déjate caer en mis brazos, te apuñalaré mientras tú me apuñalas a mí, los gritos de tu orgasmo mezclados con el dolor... Éxtasis mortal...recorre mi piel con tus dedos, goza entre mis piernas otra vez, disfruta de mis espasmos, de mi humedad latente, la que solamente tú provocas, ama el pecado otra vez dentro de mí y déjame exhausta, deja que muerda tu clavícula hasta que tu carne ceda y aliméntame con tu sangre de ángel caído contaminada de cada uno de los siete pecados capitales, maldito, bendito, eres pureza y suciedad.
Permite que rompa la prohibición y deje marcas de los arañazos de mis uñas en tu espalda. Deja que grite, que insulte, sin tener que contener la voz por el insuperable placer que me produce todo lo que me das cuando te clavas en mi interior, que me revuelva y que jadee como lo que tú y solamente tú sacas de mí. Deja que libere todo lo que tenga que liberar.
Oh, dueño de mi placer y de mi sufrir, te deseo, no puedo estar sin ti.
Despojada de pudor, sucia, ramera, mancillada, esclavizada, cargada de cadenas ante la voluntad de tu deseo, dime qué quieres, dime. Soy tu marioneta, y no lo soporto pero es así. De tu placer soy presa, déjame que te complazca, soy pieza en tu tablero, juega conmigo, maltrátame, sacrifícame, pero no me abandones.
Este es el precio a pagar por disfrutar de ti. No lo soporto, pero es así.
Placer, exquisito, nunca sentido jamás, maldito placer que me das. Compañía letal, veneno delicioso, atrápame entre tus brazos otra vez, haz lo que quieras conmigo, deja que me sacie de ti, deja que calme mi hambre y cuando vuelva a sentir apetito, sáciala.
Oh querido, oh odiado. Muere pero resucita otra vez, clávate en mis entrañas. Pero no oses salir, no me contravengas, no te vayas... si lo haces solamente Hades será el que recoja tu alma maldita, tu parte bendita no te salvará ante las fauces de Cerbero por tanto mal que has hecho. Marcaré de veneno tus labios y lo único que sentirás sobre tu piel será la fría caricia del metal. Y luego pondré óbolos sobre ti. Y en la barca de Caronte tu último viaje harás.
La conozco, y es hermosa, por fuera pero más aún por dentro.
Es una chica sin prejuicios, una chica sencilla.
Pero eso no la hace menos especial.
Su sonrisa hace que cualquier día malo parezca bueno.
Es capaz de hacer brotar rayos de sol de las nubes más oscuras.
Cuando está conmigo me contagia su alegría...
Y hace que mis defectos no me parezcan tan terribles.
Ella sabe quitar hierro a todo, es despreocupada, espontánea, alegre.
Es un amor de niña, es mi amiga, es mi hermana.
Y por todo eso y muchas más cosas, aunque ya lo sabe,
igualmente yo se lo digo con orgullo, con el corazón henchido de alegría...
lo mucho que la quiero. Hacen falta en el mundo más personas como ella, ya lo creo.
Hoy te doy las gracias por haber aparecido en mi vida, y por ser una pieza tan importante dentro de esta. Porque no te mereces menos, porque me has ayudado muchísimo más de lo que piensas, y porque me da la gana y es mi espacio y pongo lo que me apetezca. Así que, hoy por ti, ma petite. Y no será lo último que escriba inspirado en ti, puedes estar segura de ello.
domingo, 21 de septiembre de 2014
-Estás haciendo una montaña de un grano de arena...-le dijo él con desesperación.
-No, no lo creo.
-Todo tiene solución.
-No siempre.
-¿Por qué eres tan pesimista?
-Ni yo misma lo sé-se encogió de hombros-pero eso es bueno, supongo que me diferencia del resto, ¿no?-dijo con ironía.
-Te equivocas. A veces te preferiría más simple.
-Si no me aceptas, no sé para qué estamos juntos-dijo de malas maneras, levantándose de la cama y cruzando los brazos,
como siempre que perdía la paciencia...pero nada más decir esto se
arrepintió y se volvió a tumbar a su lado.-No quise decir eso...-murmuró .
-Ya. Anda, cállate la boca, empléala para hacer algo provechoso en vez de decir tonterías y dame un beso.
Lo hizo. Luego se giró hacia un lado, tapándose el rostro, sumida en sus pensamientos, él no la dejó volver a indagar y le dio la vuelta, besándola de nuevo.
-¿Por qué me soportas?
-¿Y tú me lo preguntas? Porque a pesar de como eres, te quiero.
Y los árboles sagrados, a causa de su maldad fueron asesinados, y nunca más hubo en la tierra nada semejante a esos hermosos destellos plateados y dorados que emulaban al sol y a la luna, a veces cálidos y a veces dulces y refrescantes. Esos destellos, esa luz deslumbrante que provenía de los árboles sagrados, Laurelin y Telperion, creación de Yavanna Kementári, la dadora de frutos, la madre de la naturaleza que nunca hizo nada más bello, pues esos hermosos árboles eran el orgullo de los Noldor y de todo Valinor.
Pero aquel día enfermaron y murieron por su culpa. Es difícil imaginar tanta rabia contenida en un único ser, pero él era capaz de eso y más. Albergaba en su interior demasiado odio, demasiado resentimiento. Y aquella noche se derramó la primera sangre cuando el viejo rey fue asesinado por él, por Melkor, así se llamaba el traidor despiadado, pues se interpuso en su camino hacia el robo de los Silmarils, esas preciadas joyas que contenían la luz de los ya extinguidos árboles, y la oscuridad lo cubrió todo. Y se hizo la noche en lo que el cruel y renegado Melkor huía con ellos. Y Feanor, que fue quien forjó estas exquisitas piezas, recelaba, y sus miedos y sospechas alimentadas por el veneno que Melkor infundió en él en su día crecían, su ira al rojo vivo, incrementada por un fuerte deseo de venganza al enterarse de la desaparición de los Silmarils y de la muerte de Finwe, su padre.
Triste anochecer de muerte, pérdida y sufrimiento..
.
De fondo solo los llantos de la diosa creadora de vida, de la madre de la naturaleza por haber perdido sus creaciones más hermosas, y los Noldor se lamentaban ante tan terrible suceso.
Aquí estoy, en este templo bendito que será mancillado por mi sangre.
Voy a morir por defender simplemente lo que es justo.
Me han paseado por las calles, arrancado la túnica, me han insultado, me han humillado. No me afecta, son calumnias.
Aquí me hallo desnuda, como suelen representar a la verdad, pues sé que nada más hay verdad en lo que digo.
¿Qué clase de Dios tenéis que os autoriza a cometer tal atrocidad?
¿Qué mal he hecho yo sino predicar lo que creo, y mostrar mi enseñanzas?
No, a causa de mi inteligencia me llamáis bruja, y vais a lapidarme.
Es un final realmente amargo por una vida entregada al conocimiento.
Orestes, ¿dónde estás? Tú me conoces, yo nunca pretendí mal. Pero aun así esta turba de cristianos enfurecidos cuyos ojos me fulminan me van a matar. Cogen piedras, estoy temblando, no lo puedo evitar.
Sólo quise aprender, y enseñar y voy a ser cruelmente asesinada a causa de mi credo y de mi afán por el saber.
Pues parece que la gente siempre teme lo que desconoce. Ese es el mayor enemigo del hombre en estos tiempos que corren: la inteligencia de una mujer, que sepa cosas y las muestre, que pueda influenciar.
El paganismo morirá, yo también.
Maldito y envidioso Cirilo...
Se acabó, es el final.