jueves, 23 de julio de 2020

Expreso sin expresión


Insomnio de madrugada nuevamente, algo desgraciadamente habitual en este verano tan inusual que nos ha tocado vivir. Decido salir a dar un paseo y las calles están casi vacías. Al menos me refresco y no me agobio tanto llevando la mascarilla, no todo va a ser malo. Abstraída escuchando música y pensando en las cosas de la vida, mis pasos me llevan delante de una pequeña cafetería. Llama mi atención de inmediato y dudo seriamente si entrar o no, pues es demasiado temprano y puede que acaben de abrir y tampoco querría ser una molestia. Veo la duda en mis ojos reflejada en el cristal de la puerta. Decido entrar y me acerco dubitativa a la barra... No hay nadie.

-¿Hola?-pregunto, en voz baja pero audible. Nadie sale.-¿Hola, hay alguien?-pregunto, un poco más alto.

Al momento sale un hombre de la cocina.

-Hola-responde con voz grave. Se coloca detrás de la barra y me mira escrutándome con la mascarilla puesta.

Me sonrojo de golpe, su mirada es muy intensa,su color de ojos es difícil de definir...¿verde, marrón? Serán de esos ojos que suelen decir color avellana, creo... y me percato de que tiene un piercing en la ceja. Lo miro durante unos tres o cuatro segundos, hasta que me empiezo a sentir algo incómoda.

-Eh...-murmuro.

-¿Qué te pongo?-me pregunta con un deje de chulería que me incomoda. Le devuelvo la mirada con determinación.

-Un expreso-respondo lacónicamente.

Asiente y noto cómo entorna los ojos. Estará evaluándome, estará pensando qué decir, estará contrariado porque he llegado demasiado pronto... Indescifrable, en estas circunstancias es tan frío todo...

-Enseguida.-Responde, y se da media vuelta regresando hacia la cocina.

Suspiro y me siento en una pequeña mesa esperando mi café. Me bajo la mascarilla, respiro hondo, saco un pequeño bote de gel hidroalcohólico del bolso y me froto con él las manos para dejarlas aún más secas con ese mejunje pringoso pero necesario. Observo por la ventana que el día empieza a clarear levemente. Empiezo a pensar cómo voy a planificarlo, cuando el hombre sale de la cocina con mi café.

-Un expreso para la señorita-dice burlón, colocándomelo delante. Lo miro y no puedo evitar sonreír, y por lo que percibo mirando sus ojos él también me devuelve la sonrisa.

-Gracias-le digo, con amabilidad.

Me guiña el ojo y vuelve tras la barra.

Echo un sobrecito de azúcar y voy sorbiendo el café poco a poco. No está excesivamente caliente. Es justo lo que necesito para arrancar con energía. En unos minutos ya he terminado. Me giro y noto que el desconocido me está mirando, mientras seca vasos con un trapo blanco. No hago el menor amago por retirar los ojos mientras me limpio los labios con la servilleta y después me subo la mascarilla, y él tampoco. Sólo ojos, sólo una mirada, escasa expresión sin boca acompañada, apenas lo justo para transmitir una intención. Mi ritmo cardíaco empieza a acelerarse poco a poco. Finalmente decido levantarme para ir a pagar mi consumición.

-¿Cuánto es?-le pregunto sin mirarle a la cara. Noto el rubor ascender por mis mejillas. Suerte que llevo puesta la mascarilla, ¡cuánto me agrada llevarla en circunstancias así!

-Para ti un euro morena-me responde.

Se lo doy, y me roza intencionalmente la mano al darle la moneda. Inevitablemente vuelvo a mirarle a los ojos, esos ojos color avellana. Otra vez la intensidad.

-Salgo a las tres, por si te interesa.-Me dice.-Que tengas un buen día.

-Gracias, lo mismo digo.-Le respondo.

Salgo un poco atropellada de la cafetería, ya está amaneciendo, ya es momento de activarse... Y ante un encuentro tan agradable, poco me importa el resto. Sonríen mis ojos a medida que el sol se eleva en el horizonte. Sin duda ha sido un buen comienzo de día.


martes, 14 de julio de 2020

Desmadeja, deja


Hilos e hilos en mis dedos, hilos de colores que se entrelazan en mis manos. Maraña, que se enmaraña y trato de deshacer pacientemente su enredo. Pero por desgracia a veces no lo consigo, y he de cortar los hilos necesariamente. No importa cuanta paciencia muestres, en ocasiones la mejor opción es cortar, hay nudos imposibles de deshacer, y a veces se forman incluso sin querer, por más cuidado que pongas en la tarea. Así es la vida. Pero yo quiero ser capaz de manejarlos, de controlarlos, pues para ello son los míos.

Así pues, me hallo cual perdida Ariadna enredada entre los laberintos de sus pasiones por Teseo...  ¡Traidor! Abuso de amor, tu fin justificó tus medios, tan injusto todo.

Hilos, hilos e hilos, de la vida, del propio destino. Altos poderes, Dioses, ¿a qué jugáis con los míos? Cuando creo que he conseguido desatar uno, descubro que tengo tres nudos nuevos, y así, cual envidia macilenta, me tiro de los pelos con desespero, maldigo, y vuelta a la tarea de nuevo, y cual Sísifo en la roca, una y otra vez haciendo lo mismo sin llegar al final. Intento llegar a conclusiones, y a medida que me acerco a ellas, se van desvaneciendo. ¿Esto es la vida, he de seguir desesperadamente tratando de desenredar lo que las Moiras se empeñan en enrevesar una y otra vez? Risueñas las imagino, llenas de burla señalándome con sus dedos:

"Necia mortal, nunca conseguirás desenredar tus hilos."

Parecen decir, a medida que al ver una sonrisa de dicha en mi rostro, venga a enredar mis destinos.

Pero no os preocupéis cabronas, que mientras tenga fuerza, manos, y pasión, seguiré luchando con mis hilos, y el tapiz de Aracne será una sombra al lado del mío.

sábado, 4 de julio de 2020

Dobitosol

Entró a la habitación y la vio cabizbaja con el móvil en la mano. Bueno, habían pasado tres días... La felicidad le había durado un poquito más de lo normal.

-¿Otra vez?-le preguntó con preocupación, mientras la veía llorar.

Ella se enjugó las lágrimas.

-No, qué va, te juro que esta vez ha sido culpa mía, es que soy demasiado sensible.

-Por favor, entra en razón-le dijo poniéndose a su lado y abrazándola.-¿No te das cuenta de que no te hace bien?

-¡Pero le quiero!-exclamó, con desesperación.

Y él la abrazó con la misma desesperación con la que ella lloraba. La besó dos, tres, cuatro veces, la apretó fuerte, como haciéndole ver que nunca querría que se escapara de sus brazos y también apretó los dientes de pura rabia y frustración.

-¿Pero es que nunca te vas a dar cuenta de que te hace mal? ¿Siempre es culpa tuya, siempre vas a tener tú la culpa de sus desplantes, de sus rechazos, de que te ignore, y de sus actitudes? Date cuenta por favor, es que no ves que algo no encaja.

Ella se levantó y lo miró con furia.

-¡Calla! No tienes ni idea, él me ama, y yo lo amo, y tú no puedes entenderlo.

Él la miró con tristeza y movió la cabeza. Y entonces le habló con suavidad.

-Sé que a veces discrepamos mucho respecto a las definiciones de amor, pero te puedo asegurar que ese lazo envenenado que te aferras tanto en mantener con él no lo es, ni por asomo. ¿Ves normal que te haga tantísimo daño? Por favor... Quien te quiere bien, no te hace esas cosas, ni te produce esas cosas.

Ella se tapó la cara con las manos.

-En realidad es bueno. El problema es mío.

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Bien, y aquí me hallo meses después reflexionando, dentro del autobús viendo el paisaje pasar frente a mis ojos.

Esa fue la última conversación que tuvimos respecto a él. Y de verdad que nada me gustaría más que decir que fue porque ella finalmente entró en razón y vio lo que era, y decidió alejarse, mirar con detenimiento la balanza y ver que las cosas malas superaban con creces las buenas y  una vez haber tomado distancia, haber vuelto a ser feliz.

Pero desgraciadamente no fue así. Por lo que vi desde fuera, y por lo que conocí, poco a poco la empujó hacia la oscuridad más absoluta, y una vez allí la dejó sola y la culpó de haberse dejado arrastrar. Increíble pero cierto. Su luz, la que me enamoró, se la devoró toda, y cuando sólo quedó duda y oscuridad en su interior porque ya no quedaba nada más que sacar de su ser, la dejó tirada como un juguete roto.

¡Y algunos osados se atreven a llamar a eso amor! A esa intensidad, maravillosa seguramente, sí, pero que acarrea fuertes episodios depresivos de la mano. Momentos buenos causados en realidad por el más puro egoísmo de exprimir a alguien cuando se te antoja su compañía sabiendo que está a tu disposición,  que son duramente cobrados provocando después la inseguridad más absoluta en la persona a la que dicen querer. Irónico que sean capaces de producir tanto amor en sus víctimas aquellos que no saben querer a nadie.


Ella no hizo caso a las señales, por más que su cuerpo se lo indicaba, yo lo veía: su estrés continuo, su ansiedad, su malestar, a pesar de que todo en su interior le pedía que se marchara, para nunca volver, que no merecía la pena en realidad.

El problema fue que creyó que podría tener redención, o que la culpa era suya, por su manera de ser, por cómo se comportaba. Siempre buscando la causa, siempre preocupándose de lo que decía, de lo que podía hacer para mejorar la situación. Llegando incluso a decirle lo que quería oír, después acallando su propia voz ocultando la verdad por miedo, hasta el punto de que la situación estuvo al límite de quebrar nuestro vínculo; afortunadamente no lo consiguió... Eso sí, a qué precio. Demasiado alto el precio que pagó por su libertad. Poco a poco se anuló, hasta que llegó lo peor... Sin poder evitarlo el recuerdo vuelve a mí y corto el flujo de mis pensamientos para tomar un par de ansiolíticos. Ahora mejor. Me bajo, mi parada ya ha llegado. Es un día frío, noto el césped helado crujir bajo mis pies.

Lo que finalmente pasó fue que una noche volví tarde a casa de trabajar, y me la encontré en la cama. Pálida, y fría como el hielo: sobredosis de pastillas, y desgraciadamente ya no se podía hacer nada. El horror, imaginaos, la devastación más absoluta. Pensé en denunciar, pero para qué, los asesinos silenciosos son difíciles de pillar. Solo me resta esperar que la vida le dé su merecido, o que al final todos vean lo que es y se quede solo. En fin. Aquí me hallo. Cada semana vengo, y me prometo que jamás volveré a permitir que algo así suceda si está en mi mano...Pero es tan difícil...

Llego a mi destino, surcando el mar de lápidas que pueblan el camposanto. Me planto ante la de mi amor perdido, y los sentimientos manan sin clemencia, y duelen tanto que me atraviesan.

Dioses, por qué no se daría cuenta antes, por qué no pude impedirlo...

-Descansa en paz preciosa, al menos por suerte tu alma ya es libre.

Me agacho, deposito un ramo de nardos sobre tu tumba gris, tras de mí una mano agarra con fuerza mi hombro, percibo un sollozo. Me giro, observando un rostro muy querido, igual que el mío, descompuesto por el dolor. Y entonces, abrazados, ambos lloramos por ti.


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El maltrato psicológico, la violación del alma, la anulación del otro como persona, la ignorancia, el ninguneo, son asesinos silenciosos. Porque actúan tan lentamente, se van filtrando de un modo tan sibilino que emponzoñan de manera sutil la más fuerte de las maneras de ser o las voluntades.

Eso sí, son difïciles de probar; porque hay gente que es experta en darle la vuelta absolutamente a todo y hacer que acabes perdido en su mente, en la más absurda de las telarañas. Y por desgracia llega un punto en que las víctimas ya están tan desquiciadas por todo lo que han pasado que cuesta creer en la veracidad de sus palabras, lo cual aprovechan estos dañinos seres para hacerse ver como los verdaderos damnificados por la situación. La navaja de Occam hace un flaco favor, pues quién creería las explicaciones de un pobre desquiciado que ha sido manipulado, es más fácil creer en el juicio de alguien que no tiene conciencia y se mantiene tranquilo ya que sólo cree en su propia justicia: la que le beneficia.

Pero nunca está de más concienciar señores. Este tipo de abuso existe, no solo en los relatos de ficción que parecen de pesadilla, porque es que lo son, y no solo existe en relaciones de pareja. También en la familia, entre las amistades...
Cuidaos de las personas que os drenan, que os dejan agotados sin saber por qué. No digo que sean tan peligrosos como ciertos ejemplares de esta especie, pero de verdad os digo que no toleréis nunca ningún tipo de abuso, ya que se empieza por poco, cediendo en lo mínimo, y antes de que te des cuenta te encuentras supeditado a la voluntad de una persona y te olvidas hasta de quien eres. Y lo peor es que nadie diría lo que son, porque de puertas para fuera, como suele suceder con gran parte de los maltratadores, pueden ser personas encantadoras y muy educadas. Sólo los que se acercan demasiado y/o tienen la mala suerte de ser escogidos como su alimento pueden decir que han conocido el infierno en la tierra.

Y nadie, oíd bien, nadie es menos que nadie ni merece ser abusado de esa forma. Ningún tipo de abuso es tolerable. Jamás.

Hay que hacer ver la situación a las personas que queremos bien antes de que sea tarde, para tratar de alejarlas de esas personas tóxicas convenciéndolas del mal que les causan. Y así evitar, o al menos tratar de evitar que queden como poco muy perjudicadas o como mucho en el peor de los casos poniendo fin a su vida. Es nuestra obligación moral como buenas personas.

Aprovecho (nunca está de más) para recordar que el amor NO es abuso, el amor NO duele, el amor NO es una estafa emocional. Os puedo asegurar que las relaciones sanas no drenan, no causan ansiedad, no encadenan, no ningunean, no amenazan, no crean inseguridad, no te hacen sentir como si tuvieras que tener cuidado con todo lo que dices, como si caminaras sobre cáscaras de huevo constantemente. Y ya que nadie está a salvo de tan dañina influencia, más vale prevenir que lamentar. He dicho.

PD: gracias infinitas a Rubén  por la foto y tan hermoso retoque y también  a todos los testimonios y experiencias que han inspirado este relato y su posterior reflexión.

domingo, 10 de mayo de 2020

Mácula

Blanco. Hermoso, precioso lienzo de color blanco…

Se acercó, estudiándolo. Acarició la superficie, admirando su pureza.

Poco después manó una fuerte envidia de su interior.

“Por qué tan puro, qué estupidez”

Pero siguió mirándolo. Suspiró. Sintió vergüenza.

Y después, malvada lujuria dibujada en sus labios.

“Voy a mancillarlo” pensó.

Y eso hizo. Cogió un carbón, y dibujó trazos negros, y negros y más negros.

No le bastó. Le escupió, repetidas veces.

“Así mejor”

El lienzo lucía visiblemente deteriorado.

Sonrió para sí.

“Ya no eres tan puro”

Pero no le bastó, aún no. No lucía ningún desgarro, así que se regodeó arañando toda su superficie. Después, le arrancó algunas partes.Y entonces, una cruel sonrisa asomó a su rostro una vez finalizada su obra.

“Perfecto, ahora luces como yo”

Y tras esto, una risa demencial, una risa sin alegría, de pura burla.

Al cabo de unos meses volvió, para deleitarse contemplando la maldad de su obra...

Pero el cuadro había sido restaurado. Su rabia subía por su estómago, temblaba de furia, estaba a punto de echar espuma por la boca. ¿Cómo podía ser que su terrible obra de destrucción hubiera sido rehecha como si nada?


La miró frustrado un buen rato, sintiendo el súbito deseo de destruirla de nuevo. Y lo volvió a hacer. Una y otra vez, con el mismo resultado. No contento con ello, lo intentó con otros lienzos, en algunos fue más afortunado, pues a pesar de ser restaurados con un resultado casi brillante, debido a la insistencia con la que se empeñó por destrozarlos, por su calidad y pureza extremas, había huellas de lo que les había ocasionado. La marca de su mal, que nunca se borraría del todo y que le hacía formar una estúpida sonrisa de triunfo en su cada vez más desfigurada cara: el espejo de su alma.

Por desgracia, tarde comprendió que en realidad daba igual. Podría hacerlo una y otra vez, como había hecho, que volverían a recomponerse. Y fue al darse cuenta de ello cuando comprendió la terrible verdad: le daba tanta rabia contemplar esos lienzos porque eran lo que su alma jamás llegaría a ser, pues desgraciadamente, cuando creces en la oscuridad, te ciega hasta el más mínimo haz de luz. 

Tarde comprendería que su frustración se debía a que jamás conseguiría alcanzar semejante pureza. 

Precisamente, de ahí venía su afán destructivo por mancillarla, por  hacerla reflejar el oscuro estado de su alma, para que al menos pudiera sentirse bien al corromper algo inmaculado, blanco, libre de mácula. Para ver algo que fuera tan oscuro como él y así poder llenar, conseguir colmar el enorme vacío que sentía en el pecho. Para ganar.

Pero de nada servía, pues noche tras noche, se ahogaba en la misma agonía, era su castigo eterno: todo él era un agujero negro, que por más que absorbía, nunca quedaba satisfecho, y siempre culpaba de ello a todo lo que se atrevía a poseer la luz que nunca conseguiría ni aun proponiéndoselo.

sábado, 18 de abril de 2020

Recuerdo que una noche, salí poco después de ver caer el sol. Sin mucha esperanza me dirigí a la tienda más cercana. Sonreí con tristeza recordando aquellos días en los que era una imagen habitual ver las cajas de plástico llenas de frutas, verduras y hortalizas. Sólo quedaban encurtidos y patatas que se estaban echando a perder. Y quedaban muy pocas. ¿Huevos? Una fantasía, ya casi no había gallinas. La muchacha de la tienda estaba pálida, y ojerosa. Normal. Así estábamos todos ya. No sol, no luz. Criaturas nocturnas. Sin apenas comida… ¿En qué ruinosa forma de vida nos habíamos convertido? Le compré unos encurtidos. Y la muchacha empezó a llorar. Preocupada, intenté tranquilizarla, ella trató de sonreír y se secó las lágrimas. No era raro encontrarse así… La entendía perfectamente. -¿Cómo estás?-Le pregunté con amabilidad, mientras sacaba un pañuelo de papel y se lo ofrecía. -Bueno, bastante regular, pero intento llevarlo lo mejor posible. Aunque…-puso cara de extrañeza.-Me ha pasado algo muy raro, si es que podemos llamar a algo así en los tiempos que corren. -¿Qué ha pasado? La chica se dirigió hacia el mostrador de la tienda y me enseñó una olla de barro cocido con una especie de guiso extraño dentro. -Esta noche, al abrir la tienda, me he encontrado esto… Parecía como si alguien lo hubiera dejado ahí a propósito… No lo he probado, porque a saber, pero… ¿No te resulta extraño? Que con la que está cayendo que no hay prácticamente nada que comer, alguien deje un guiso caliente a la entrada de mi tienda… Es… Raro… La miré confusa y asentí con la cabeza. Me acerqué a la olla con recelo: a primera vista el guiso parecía lo más apetecible del mundo, sobre todo en aquella época en la que los víveres escaseaban. Notaba las tripas rugiéndome, se me hacía la boca agua al ver aquel estofado humeante, con sus verduritas, su carne, sus patatas… Pero sí, enefecto era demasiado extraño. Así que contuve las ganas de abalanzarme sobre el guiso con toda mi fuerza de voluntad, le dije a la muchacha que tuviera cuidado y salí de la tienda. Me dirigí a casa con los encurtidos, apretando el spray de defensa que tenía en el bolsillo con la mano: ya había tenido algún susto cuando empezó esta terrible epidemia y la verdades que no tenía ganas de más, así que más me valía estar mínimamente preparada. Justo cuando regresé, encendí la televisión para ver qué nuevas había.Bueno, a excepción de los saqueos habituales y demás, no parecía haber gran cosa de novedad. Ampliación del período de renta básica para aquellas profesiones que, si o si, debían de realizarse a la luz del sol… Aunque lo cierto es que cada vez había más teletrabajo y más o menos la gente se apañaba. Total, tampoco había apenas comida, así que tampoco es que se gastara mucho dinero aparte del alquiler, la luz, el gas… Lo básico. Inflé el pecho y me dispuse a cocinar con lo poco que quedaba. Había unos poquitos espaguetis, podía aderezarlos con aceite y ajo. Me puse a ello y vi que Miriam entró en la cocina. -Hola guapa-le dije, cariñosamente. Ella trató de devolverme la sonrisa. Pobrecilla. A pesar de que era una chica dura y había mostrado una resistencia inusitada a la situación tan precaria en la que nos encontrábamos, era una persona muy sociable y había sufrido bastante con esa situación. A consecuencia de esta terrible plaga que nos asolaba, todo se había complicado… Y hacía mucho que no veía a sus seres queridos. Cabizbaja, cogió una bolsa de tela. -¿Vas al super?-le pregunté, mientras laminaba los ajos. -Sí, bueno… A ver qué hay… y a tomar la luna un poco de paso-me dijo, con voz apagada. Me acerqué a ella y la abracé. La sentí sollozar y la apreté más. -Venga, pequeña… Ya verás como los científicos tarde o temprano encuentran la cura, ya lo verás-susurré, mientras le acariciaba el pelo. Ella suspiró y se separó de mí. -Seguro que sí. Voy a ver qué encuentro. -Gasta cuidado.-La previne.-Coge mi spray, lo dejé en la mesita de la entrada. Ella asintió y salió, cerrando la puerta con un suave ruido. Moví la cabeza y me concentré en la comida. Al cabo de un rato, cuando me encontraba a punto de escurrir los espaguetis, regresó, tremendamente excitada. -¡No sabes lo que me he encontrado!-exclamó entrando como un ciclón. Sus hermosos ojos azules brillaban más que nunca y una sonrisa iluminaba su rostro. -¡Dime!-la apremié, sonriendo, contagiada por esa repentina ola de felicidad. -¡Ven conmigo, no te lo vas a creer!-Dijo, cogiéndome de la mano.-Estaba justo delante de nuestro portal, suerte que nadie la ha visto hasta ahora… Mientras bajábamos por la escaleras, un mal presentimiento me vino de repente. -¿Ver qué Miriam? Abrió la puerta del portal y cogió algo poniéndomelo delante de las narices. -¡ESTO! Y un delicioso aroma me inundó de repente… Un aroma que procedía de la olla de barro que sostenía, en la cual había un guiso idéntico al que me habia enseñado la muchacha de la tienda. Tuve que sujetarme a la pared para que no me diera un patatús. ¡No puede ser! Continuará….

lunes, 6 de abril de 2020

Ha pasado casi un año. La cosa no ha mejorado en absoluto, sino que cada vez va a peor. No podemos salir: el sol está enfermando. No podemos recibir las vitaminas que provienen del astro rey, tan necesarias que han sido siempre, aunque sea unos minutitos al sol… Ya eso parece una utopía. Y pensar que al principio de la cuarentena envidiaba a los que tenían terraza o balcón, para poder tomar el sol… Ya todo eso se acabó. Se acabó a partir del momento en el que los científicos declararon la alarmante situación: lo recuerdo como si fuera ayer.

Iban a decretar el fin del estado de alarma. Habíamos comprado cerveza, patatas fritas, aceitunas, íbamos a preparar cada uno nuestro plato especial, íbamos a celebrar que por fin seríamos libres… De inmediato, cortaron la emisión de todos los programas. Comunicado urgente de la NASA. El sol está enfermo, el sol está enfermando. Se detecta una dolencia que puede llegar a ser mortal. Refúgiense en sus casas, no salgan, puede ser peligroso. ¿Qué? No puede ser. Nos mirábamos estupefactos. Alguien debía estar gastando una broma de mal gusto. No podía ser. Pero salía en la televisión: ciudadanos ávidos de sol y de disfrutar del aire por fin salían de sus casas, y de repente emitían gritos de pavor. Terribles ronchas de aspecto infeccioso en su cuerpo. Se desmayaban. Los rayos del sol ya no eran buenos. Los gobiernos de todos los países del mundo se pusieron a trabajar de inmediato: la situación era muy grave. ¿Cómo hacer frente a este nuevo y terrible bache que desencadenaría una nueva crisis mundial cuando por fin empezábamos a ver la luz al final del horrible túnel del coronavirus? Veíamos la luz al final del túnel… pero la luz del sol ya no era buena.

De repente, mientras nos mirábamos los unos a los otros anonadados ante aquellas impactantes noticias, uno de mis compañeros abrió completamente los ojos, hasta el punto que parecía que se le iban a salir de las órbitas, y empezó a temblar convulsivamente, como si tuviera un ataque epiléptico.

-¡JESÚS, JESÚS!-exclamé, mientras me abalanzaba sobre él e  intentaba sacarle la lengua de la boca para que no se la tragara.-¿Sabías si era epiléptico o algo así?-le pregunté a Miriam, mi otra compañera, que era la que más lo conocía y lo contemplaba todo en estado de shock, sin creer lo que estaba pasando. Repentinamente respondió:

-No lo sé, debe haberse quedado conmocionado al enterarse de esto…La verdad, no es para menos-murmuró.

Y en efecto, así fue. Cuando volvió en sí, quedó en estado catatónico. Y no volvió a hablar.

A partir de aquel momento los días pasaron, era como de pesadilla, de ver para no creer. Se estableció un nuevo orden mundial. Se decretaron nuevas medidas extraordinarias para controlar aquella extraña epidemia, que afortunadamente solo parecía provenir de la luz del sol, y no parecía ser contagiosa, al menos hasta donde sabíamos. Pero la exposición durante unos escasos minutos podía causar la muerte.

No se podía salir de día: las tiendas, los escasos negocios que había conseguido sobrevivir a raíz de la crisis sanitaria abrían al anochecer. Así pues,  las alimañas aprovechaban para cometer las peores maldades. Los saqueos se sucedían día sí, día también. Y lo que es más preocupante: la comida empezó a escasear a un nivel alarmante. Y los animales. Granjas que se quedaban vacías. Al principio desaparecían uno o dos. Pero con el paso del tiempo llegó a  ser más preocupante, lo cual suponía un problema bastante serio: empezaban a escasear los recursos básicos… Ni carne, ni leche, ni huevos. Cerdos, gallinas, vacas, ovejas, cabras. Todos empezaron a desaparecer. Y no dejaban ni un atisbo: era como si se los hubiera tragado la tierra. Así pues, los alimentos empezaron a escasear de manera preocupante, con lo que eso conllevaba: un gran encarecimiento. Con el tiempo, las cosechas también desaparecían. No recuerdo haber pasado más hambre que en esa época, pues teníamos que estirar lo que nos quedaba hasta la saciedad, dada la alarmante escasez. Fue terrible.


Continuará...

sábado, 28 de marzo de 2020

Tres

Cerró el portátil con los ojos llenos de lágrimas consciente de lo que se avecinaba, con la ansiedad golpeándola con fuerza, dejándola sin respiración. Pero con suerte, esta vez ya había terminado, ya sería la última, y realmente la peor, pero al menos tenía la certeza de que ya nunca más la molestaría, ya sí que se acabó. Así que trató de serenarse, tras gastar medio paquete de kleenex, pero con la tranquilidad del que sabe que esa será la última vez que lo pasará mal por algo. Entonces, tras respirar hondo, se preparó para lo que, en casos como aquel, era su ritual.

Tres. Siempre eran tres. Cerró los ojos, sentada en el borde de la cama. Primera: punzadas en su cabeza, como agujas que parecían querer atravesarle el cráneo. Podía sentir cómo sus ojos se nublaban. De inmediato, aparecía la segunda: pinchazo agudo en el corazón. Se llevó una mano al pecho, apretando, como si eso pudiera mitigar el dolor que estaba sufriendo. Tercera: tardaba más, mientras primera y segunda se difuminaban, la tercera era más constante: no le permitía cerrar los ojos. Daba igual cuanto leyera, como si se leía el diccionario, o el Quijote, nada conseguía cerrar sus párpados. Abiertos como persianas. Vidriosos, al cabo de unas horas, clavados en el techo. Comiendo techo otra noche. Tres. Tres dolencias.

Así pues, hacían falta tres remedios, cómo no.

Se levantó de la cama, estirando su cuerpo y como una autómata, se dirigió a la cómoda. Abrió el primer cajón, donde guardaba las medicinas. Ahí estaban sus remedios. Tres blíster, con diferentes tipos de pastillas. Sacó la primera: esa era para evitar que su recuerdo le pinchara en la cabeza hasta hacérsela trizas, pues tanto llorar y llorar acarreaba esa dolorosa consecuencia. Esa era la más grande. Segunda: más alargada, era para evitar que el corazón se acelerara tanto que pareciera que se le iba a salir del pecho, y que le doliera tanto en ese agonioso pinchazo. De hecho,a veces imaginaba que se le iba a desgranar en una agonía sin fin y finalmente iba a sangrar por los ojos, después de que no le quedaran las lágrimas, hasta finalmente quedarse seca. Como el episodio con la lanza de Longinos al revés. Tercera, redonda y pequeña: para conseguir dormir. y evitar que los monstruos tiraran de sus pestañas y pudiera cerrar los ojos al fin.

Y mientras las tenía a las tres en la palma de su mano y se dirigía de nuevo hacia la cama, murmuraba. rezando porque no se metiera en sus pesadillas, para que su recuerdo dejara de atormentarla, para que su presencia se marchara, para por fin alejara de su vida el lastre que desde que fue pequeña siempre la acompañó, siempre en su cabeza, oprimiéndola. Siempre en su pecho, ahogándola. Siempre en su subconsciente, desvelándola.

Se sentó, y escuchó cómo el somier emitía un leve crujido. Suspiró. Algún día habría que cambiar esa vieja cama. Pero no era lo más acuciante en ese momento. Observó en la palma de su mano las tres pastillas, sus tres formas diferentes. Ayudas para combatir contra los monstruos que la acechaban desde hace tiempo. Incluso cerrando los ojos los veia, pues estaban en todas partes. En su cabeza, torturándola sin cesar; metiéndose dentro de su piel, rondando alrededor de su cama, camuflándose con las oscuras sombras que se confundían al anochecer en la penumbra de su habitación.

Así, pues, se encontraba luchando contra ellos. Luchando con cobardía realmente, dejando que los procesos químicos liberados por las pastillas actuaran en su organismo librando la batalla que su propia voluntad y su delicada salud mental eran incapaces de mantener en ese terrible momento de su existencia.

Apesadumbrada, miró hacia la mesilla. Pasó el dedo índice por su superficie y una leve capa de polvo quedó adherida a él.Ya hacía falta ir pasándole un paño. Ahí estaba el vaso de agua de color azul, medio vacío. Sonrió con tristeza. "Así lo ve el pesimista, pero el pesimista es sólo un optimista  bien informado" pensó.

Introdujo las pastillas en su boca, y bebió agua del vaso. Las tragó y se acostó, y tras apagar la luz, una leve sonrisa asomó en sus resecos labios. Otro día, otra batalla perdida, pero al mismo tiempo ganada. Un dulce sopor empezó a invadirla, al tiempo que sus párpados al fin se cerraban. Su respiración se calmaba, los latidos de su corazón iban a ritmo normal, y los pinchazos que su cabeza sentía se retiraban cual batallón levantando sus lanzas, liberando a sus cautivos cercados, dejándolos marchar. Esos monstruos ya no la molestarían más.